La victoria frente a Suiza y el pase a semifinales vuelven a dejar una enseñanza que trasciende al fútbol: los logros duraderos no dependen de una aparición individual ni de una solución milagrosa. Son el resultado de un proceso, de una conducción, de una identidad y de un grupo que aprendió a sostenerse colectivamente.
La Argentina tiene al mejor jugador de su generación. Pero la fortaleza de esta Selección está, justamente, en haber construido un equipo que no deposita todo su destino sobre los hombros de Messi. Hay responsabilidades compartidas, compañeros que aparecen y una organización que potencia el talento individual dentro de un proyecto común.
Ahora será Inglaterra. Y resulta imposible separar ese partido de nuestra memoria colectiva: México 1986, Diego, la Mano de Dios y el gol más extraordinario de la historia. Aquel encuentro expresó mucho más que una rivalidad deportiva; condensó las heridas, el orgullo y la dignidad de un pueblo.
Cuarenta años después, los protagonistas son otros, pero algo permanece: cada vez que la camiseta argentina enfrenta a Inglaterra, nuestra memoria popular vuelve a entrar a la cancha. Que sea con la inspiración de Diego, el liderazgo de Messi y la fuerza de un equipo que entendió que nadie gana solo.
Claudio Lozano
Presidente UP